El milagro de Zamba

Conocí a Zamba veinte años atrás. Mi natural interés por los libros me había llevado hasta él. Era ante mis ojos el típico hippy viejo, lleno de ideales y teorías anarquistas. Su casa era un desordenada biblioteca, matizada con discos y algunos muebles. Tenía libros extravagantes y la libertad de poder compartirlos; sin que se lo pidiera me regaló una primera edición de "El hombre que está solo y espera" de Scalabrini Ortiz.
Se definía con orgullo como un "ciruja de los libros". Mencionaba a autores de mediados del siglo pasado y a otros más contemporáneos, pero por alguna extraña razón, cuando se volvía profundo, terminaba citando “al flaco”; así se refería a Jesús. Entonces sus gestos se endulzaban. Entre tantas cosas extrañas, decía tener pruebas de la vida en otros planetas.
Yo le creía las historias que me contaba, aun reconociendo que cuando se refería a su propia vida las ficciones que lo rodeaban palidecían.
"Estuve mucho tiempo peleado con el dinero -me contó una vez-. Lo creía la causa de todos los males. Tal es así que me fui a vivir a un parador abandonado en una playa, en Villa Gesell. Vivía de la pesca y de lo que algún vecino me acercaba. Pasaba hambre y no hablaba con nadie. Una noche me desperté en plena sudestada, con el agua encima. Me acurruqué, aferrado a la madera, temblando de frío y rezando para que aquel viento infernal no terminara con todo. No tenía mucho, pero tenía la vida. Si salgo de esta, le dije a Dios, dejaré de renegar con vos y con el hambre. La tormenta gritaba, llevándose mis viejas ideas, los viejos sueños y por momentos, mi fe. El parador era un barco a punto de hundirse. Extenuado, me dejé morir. Cuando me desperté, me di cuenta del milagro. En la costa había quedado cuanta cosa uno pudiera imaginarse: sillas, mesas, cañas, fruta, ropa. Entre el viento y el mar las habían arrancado de algún lado, para traerlas a la orilla, como una verdadera ofrenda.
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