¡Arriba las manos!

Yo solía visitar a mi padre literario en su pequeño departamento ubicado en la localidad de La Plata. Ni bien entrabas lo primero que veías era la máquina de escribir, dominando la mesa, rodeada de papeles y libros. Ignoro si tenía televisor. Nunca lo vi. A lo mejor tenía alguno oculto en el armario.
Por supuesto, ya habían llegado las computadoras; era principios del 90, lentamente asomaba Internet y las viejas “Remington” sobrevivían en las casas de algunos viejos escritores y en las comisarías argentinas, donde todavía siguen funcionando.
El acto de escribir en aquellas pesadas máquinas que comenzaron a popularizarse a principios del siglo pasado, era una experiencia muy distinta a lo que es hoy en día escribir en un ordenador. El proceso creativo se ha ido facilitando. Quienes escribimos tenemos acceso a Internet y una computadora donde teclear y borrar de manera automática, ahorrándonos un tiempo precioso y muchos liquid papers. Podemos investigar un tema sin levantarnos de la silla, solo abriendo una nueva ventana y activando el omnipresente Google.
Antes de la revolución mediática se escribía a un ritmo mucho más lento. Los dedos, del mismo modo las teclas, se iban desgastando. Cuando el mecanismo de algunas letras se rompía había que pegarle un papelito encima recordando la falla, y si la cosa se agravaba había que empuñar la lapicera y seguir en el papel.
Investigar, escribir, incluso publicar resulta mucho más fácil ahora. Aunque también es cierto que la tecnología representa una enorme distracción que antes no existía y de la cual los escritores, como Ulises de las sirenas, también debemos protegernos para no malograr un tiempo acotado y precioso.
En fin, cada tanto aparece una foto inspiradora, blanco y negro, con algún formidable autor, escribiendo en su ruidosa máquina. El escritor y la Remington unidos, bajo el compromiso ineludible de crear un nuevo mundo, una nueva historia, por si las moscas.
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