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ANA BARRIGA|UN DIA PERFECTO

#AnaBarriga #DanielOtero#LuzDeCiudad-Nuestras vidas están construidas a partir de un sinfín de ritos cotidianos, muchos de ellos asumidos de forma inconsciente como necesarios para el transcurrir de nuestros días. La liturgia de las horas de comida, la forma en la que nos levantamos de la cama, el orden de la ropa con la que nos vestimos, nuestra forma de ir al baño, el lugar donde leemos las últimas páginas de un libro antes de dormir, el primer beso en una noche de amor o la taza donde vertimos el primer café de la mañana, todo, tiene su lógico sitio en el juego compositivo inevitablemente aleatorio que sostiene nuestro estar en el mundo.

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Todo acto ritual está relacionado con el hecho de la celebración. Una fantasía social que mantiene al ser humano en contacto con las fuentes de la creatividad a través del gesto. Es cierto que si hay algo que nos diferencia de los animales es el hecho de la fiesta pero Ana Barriga no ha llegado a nuestro mundo para pintarnos una realidad materialista siempre subjetiva, sino para recordarnos la posibilidad imaginativa de nuestros corazones. 

 

No deberíamos olvidar —y por eso es tan relevante y necesaria la existencia de la obra de Ana— que cuando hablamos de mirar u observar imágenes estamos hablando ineludiblemente de nuestra imaginación y su poder generador de cambio. Una abolición de nuestros poderes y de nuestra percepción. La fascinante posibilidad de apreciar a cada minuto la risa, la canción, la caricia, la danza, en definitiva, cualquier gesto absoluto que nos cambie la vida a cada instante.

Y es que no hay mejor forma para estar consigo mismo que lo imaginativo, esa ensoñación —siempre en privado— que consigue la visualización de imágenes claras y que nos invitan a esa fiesta de los sentidos. A eso juega el gato de Ana Barriga. Un jugar como vital acto político ya que no hay mayor actitud política que la que se hace desde lo lúdico. Pero no entendamos a este gato de Ana —y desde hoy de todos nosotros— como un ser nihilista ensimismado en su experiencia desapegada.

No deberíamos olvidar —y por eso es tan relevante y necesaria la existencia de la obra de Ana— que cuando hablamos de mirar u observar imágenes estamos hablando ineludiblemente de nuestra imaginación y su poder generador de cambio. Una abolición de nuestros poderes y de nuestra percepción. La fascinante posibilidad de apreciar a cada minuto la risa, la canción, la caricia, la danza, en definitiva, cualquier gesto absoluto que nos cambie la vida a cada instante.

Y es que no hay mejor forma para estar consigo mismo que lo imaginativo, esa ensoñación —siempre en privado— que consigue la visualización de imágenes claras y que nos invitan a esa fiesta de los sentidos. A eso juega el gato de Ana Barriga. Un jugar como vital acto político ya que no hay mayor actitud política que la que se hace desde lo lúdico. Pero no entendamos a este gato de Ana —y desde hoy de todos nosotros— como un ser nihilista ensimismado en su experiencia desapegada.

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